viernes, 17 de abril de 2015

Por favor, dejen que me marche...

Hace poco he leído o escuchado en algún medio que no recuerdo una noticia acerca del lince ibérico en la que se advertía que el crecimiento de la población de linces se está viendo limitada por el alto número de atropellos que sufren en nuestras carreteras. Este hecho dramático es el síntoma más evidente de un problema que afecta a muchos ecosistemas en toda la Península Ibérica y que podría pasar factura a un sinfín de especies –tanto animales como vegetales– según se vayan haciendo sentir los efectos del calentamiento global: la parcelación de los ecosistemas inducida por la actividad humana. Todos conocéis la fábula de la ardilla que, supuestamente, en otros tiempos hubiese podido cruzar la Península Ibérica saltando de rama en rama. Dudo mucho que eso fuese nunca posible (estepas y monte bajo siempre existieron en la Península) pero aún así una cosa está clara: lo tendría crudo hoy en día. Nuestra pobre ardilla tendría que cruzar amplias superficies cultivadas en las que estaría a la merced de cualquier depredador y probablemente moriría aplastada al intentar cruzar alguna autovía...



Ante cambios medioambientales, los organismos vivos responden de dos maneras muy diferentes. La primera es la adaptación, que es un proceso generalmente lento aunque también es posible la aparición repentina de nuevos taxones por el juego de los cruces interespecíficos. Muchas especies que conocemos hoy en día son el resultado de tales cruces, propiciados por cambios medioambientales pretéritos. La otra manera que tienen de responder a esos cambios es obvio: desplazándose. Eso hicieron durante todo el Cuaternario muchas especies del continente europeo, que se refugiaron en las penínsulas del sur del continente durante los máximos glaciares. Con el calentamiento que estamos sufriendo actualmente, la dinámica es la misma, aunque al revés. Muchas especies sureñas tienden a migrar cada vez más hacia el norte o tienden a ganar altitud en las zonas montañosas. Se han documentado muchos casos durante las dos últimas décadas. Aún recuerdo que antes de venirme yo a España, hace 15 años, la gran noticia ornitológica en Suiza fue el asentamiento de pequeñas poblaciones de abejarucos en algunos puntos del país. Tales movimientos son inevitables y necesarios. El gran problema al que se enfrentan estas especies hoy en día es que sus movimientos se ven entorpecidos o imposibilitados por los numerosos obstáculos que hemos erigido.




El abejaruco es un ave típicamente mediterránea que ha extendido su área de repartición hacia el norte, nidificando ahora en zonas donde nunca había estado presente. / Fotografía: Pierre Dalous / Licencia: Creative Commons



Pudiera parecer que los animales lo tienen más fácil que las plantas para coger las maletas y buscarse un nuevo hogar pero lo cierto es que algunos obstáculos son mucho más difíciles de sortear para un animal de cierto tamaño que para cualquier planta. Cruzar una autovía es casi imposible si no existe algún paso de fauna construido a tal efecto. El desplazamiento de las plantas se hace mediante la dispersión de sus semillas y salvo las especies cuyas semillas tienen poca movilidad, las demás sí que son capaces de sortear esos obstáculos. Es más, algunas de ellas, como el ailanto por ejemplo, utilizan esas vías de comunicación para expandirse. El problema que tienen muchas plantas es que por mucho que produzcan semillas, éstas no van a encontrar en las zonas en las que se propagan las condiciones necesarias a su desarrollo. De hecho, muchas especies de nuestra flora son endemismos adaptados a condiciones medioambientales muy particulares y parece muy poco probable que muchas de esas especies vayan a ser capaces de adaptarse con tanta rapidez a las nuevas condiciones que imperarán en el futuro. Hemos de aceptar que, sin la intervención humana y sin traslocaciones, esas especies están condenadas a muerte. Los naturalistas de este país, tan aferrados a la idea de la autoctonía, tendrán algún día que hacer un examen de consciencia y cambiar el “chip” si pretenden salvar esas especies. Tendrán también que aceptar que muchas especies “alóctonas” se irán expandiendo en la Península en respuesta a los cambios climáticos.




Autovía del Olivar (Jaén). / Fotografía: Gestion.Inf.And. / Licencia: Creative Commons



Dicho todo lo anterior, ¿ qué podemos hacer para facilitar la migración de las especies amenazadas por los cambios medioambientales inducidos por el calentamiento global ? Aún sin ser ningún especialista en la materia, el sentido común sugiere algunas medidas básicas:

• Creación de pases de fauna en las principales vías de comunicación. Aunque tales pases de fauna se van incorporando en las obras más recientes y en zonas sensibles, lo cierto es que la mayoría de las autovías y líneas férreas son por ahora auténticos obstáculos para la fauna. Tales pasos deberían ser obligatorios en cualquier obra de cierta envergadura.

• Prohibición de las vallas cinegéticas. La proliferación de este tipo de vallas en las últimas dos décadas han convertido vastas regiones de la Península Ibérica en auténticos campos de concentración. Ante la presencia de estas vallas, algunas especies optan por cavar pasos por debajo de las vallas en los que los cazadores no dudan en instalar cepos y lazos que provocan una importante mortandad en las especies que los utilizan (entre ellas, el lince ibérico). Estas vallas, por otra parte, son una trampa mortal para la fauna en caso de incendio. Son –lo digo sin paliativos– una auténtica abominación. Añadamos a esto que quienes las erigen se pasan generalmente por el forro las servidumbres de paso existentes (incluso cortan vías pecuarias, que son de propiedad pública) y tendréis una pequeña idea del odio que les profeso…

• Creación de “corredores verdes” que conecten entre sí los distintos ecosistemas preservados y permitan el movimiento de las especies de un lugar a otro. De hecho, tales corredores existen desde hace muchísimo tiempo en la Península Ibérica, habiendo desempeñando las vías pecuarias un importante papel en la dispersión de muchas especies. Lamentablemente, muchas de ellas han desaparecido, sacrificadas por las administraciones o –aún peor– absorbidas por los propietarios de los terrenos circundantes en contra de la ley. Son, en efecto, las vías pecuario dominio público inalienable. Restaurar la vegetación de esos terrenos y permitir que desempeñen ese papel de conexión entre ecosistemas me parece una oportunidad única de realizar un proyecto que en muchos otros países europeos resultaría muchísimo más difícil llevar a cabo.

• Adecuación de nuestra política forestal a la evolución prevista de las condiciones climáticas. Se trata de un tema sumamente delicado y difícil, ya que se trata de decisiones que tienen un impacto durante décadas. La gran dificultad es que el cambio climático actual es muy rápido y se pueden echar a perder los esfuerzos realizados actualmente si no se tiene en cuenta el cambio climático. No solo los forestales deben tener en cuenta estos cambios. También los grupos ecologistas que pretenden reforestar áreas abandonadas deberían tenerlo en cuenta. ¿ Qué significa esto más concretamente ? Pues que en algunas zonas tal vez no hayamos o estemos plantando las especies más apropiadas. El futuro dirá si nuestras decisiones fueron acertadas o no.




A pesar de todas las precauciones, muchos linces mueren cada año atropellados en nuestras carreteras. / Fotografía: http://www.lynxexsitu.es / Licencia: Creative Commons



La supervivencia de muchas especies en nuestro país y en muchos países particularmente afectados por el calentamiento global depende de que esas especies puedan migrar e instalarse en las zonas más favorables a su desarrollo / supervivencia. Para muchas especies, esto significa más hacia el norte o a mayor altitud. Mucho cuidado con no subestimar el problema: estamos hablando de cientos de kilómetros hacia el norte y de cientos de metros hacia arriba. ¿ Qué opciones tienen los que se quedan atrás ? Adaptarse o morir. Así de sencillo. Y de momento parece que va camino de cumplirse esta última profecía. Si bien en algunos bosques se ha constatado un aumento de la producción de biomasa, en nuestro país ocurre todo lo contrario. El progresivo aumento de las temperaturas y de la severidad de los períodos de sequía están debilitando muchos bosques. Los encinares y alcornocales desarrollados sobre suelos esqueléticos son por ahora los bosques más afectados por el fenómeno de “decaimiento forestal” que los agentes forestales llevan ya un tiempo constatando. Esos bosques debilitados tienen hoy en día una mayor probabilidad de sufrir el ataque de agentes patógenos o de ser pasto de las llamas. Por mucho que “limpiemos” los bosques, no podremos evitar un fenómeno que está ocurriendo a una escala mucho más amplia.




Ejemplo del decaimiento de los abetales en el macizo del Albéras (Alpes-Maritimes, Francia).



No quisiera, sobre todo, que cunda el desánimo. Plantemos árboles. Restauremos ecosistemas. Intentemos que se mantengan localmente los ecosistemas más delicados protegiendo su entorno. Pero no perdamos nunca de vista que el mundo está cambiando y que esos cambios van a afectar sensiblemente a muchas zonas de la Península. No nos aferremos, pues, a verdades absolutas que podrían mañana paralizar nuestra acción e impedirnos mitigar los efectos del calentamiento. Salvemos lo que pueda ser salvado y demos una oportunidad a aquellas especies que probablemente estén condenadas a desaparecer en sus actuales reductos (siempre que se den las condiciones idóneas en otro lugar y que eso no ponga en peligro otras especies). Muchas probablemente desparecerán, por no existir lugares capaces de acogerlas pero si logramos salvar algunas, al menos nos quedará la satisfacción de haber hecho algo para mitigar los efectos de esta catástrofe anunciada desde hace mucho tiempo por unos científicos que nadie se ha tomado realmente en serio hasta ahora. Ante cambios tan importantes y repentinos como los que se prevé, fomentar la movilidad de las especies me parecería una buena manera de evitar que en un futuro no muy lejano nos encontremos con la mayoría de nuestros ecosistemas en total decaimiento y muy expuestos a una rápida degradación.